Proclama Mi Alma
Durante la universidad y después mientras discernía una vocación religiosa, tuve la dicha de recibir formación y guianza espiritual de unos hermanos franciscanos de Nueva York. Los viernes por la mañana iba en coche a uno de sus conventos, asistía a la Santa Misa con ellos y los demás voluntarios. Después de rezar nos poníamos manos a la obra preparando la comida, lavando los platos, poniendo la vajilla y rebuscando en la despensa cosas que se podían regalar a nuestros invitados. Cuando llegaba la hora de empezar, se abrían las puertas del convento y los necesitados del barrio se sentaban junto con nosotros en mesas de madera esperando su comida física y espiritual. Antes de la comida, se rezaba juntos con el método de Lectio Divina. Sin diferencias entre nosotros, cerrábamos los ojos y nos imaginábamos allí, en la lectura del Evangelio. Uno por uno, decíamos en voz alta lo que el pasaje significaba para nosotros y a veces alguna palabra de aliento para los demás. Yo siempre me quedaba conmovida y asombrada de lo que el Señor podía decir a través de los que me rodeaban, incluso de aquellos que, según los criterios del mundo, no tenían nada por lo que dar gracias. A pesar de su pobreza física, estas personas no eran pobres de corazón porque conocían el mayor tesoro: Jesús. La pobreza de Francisco Esto también es cierto del hombre a quien honramos hoy: San Francisco. Cuando pienso en el joven de Asís que se desnudó para renunciar a sus posesiones y a su herencia tras su conversión (fuente), siento admiración. Lo que la mayoría de la gente teme en la vida, es decir, perderlo todo y volverse físicamente pobre y necesitado, Francisco abrazó voluntariamente como respuesta a la llamada personal del Señor en su vida. El santo se consagró a Cristo mediante una vida de pobreza, obediencia y castidad, y de servicio a los necesitados. Este era el camino estrecho por el que llegaría a la verdadera riqueza. En su regla de vida para los frailes que empezaron a seguirle, Francisco escribió: "[...] ...que no deseen vestidos ricos en este mundo, para que posean un vestido en el reino de los cielos"(fuente). Deseaba que sus ojos y los de sus seguidores estuvieran siempre fijos en su hogar celestial y no en su entorno terrenal; sus corazones cautivados por las riquezas del cielo y no por los encantos de este mundo. El corazón humilde de Francisco se formó por su clara comprensión, a través de las diversas instancias de conversión y encuentro con el Dios vivo en su vida, de que él es una criatura amada y conocida por su Creador. Todo lo que lo rodeaba llevaba a su corazón a adorar al Señor. Su "Cántico del Sol" nos invita a dar gracias a Dios por los aspectos mundanos de la vida, que fácilmente pasan desapercibidos en nuestro ajetreo moderno. Mira al cielo conmigo, hermana, y siente el calor del sol en tu rostro. ¿Puedes también alabar hoy al Señor, como hizo Francisco hace tanto tiempo, por nuestro "hermano sol” que ilumina nuestros días? (Fuente). La humildad de Francisco también estaba impregnada del conocimiento de la presencia real y permanente de Cristo en la Eucaristía. Al escribir sobre la reverencia que sus hermanos deberían tener hacia los sacerdotes que tienen el privilegio de sostener el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesus, Francisco continuó en un delirio de alabanza a nuestro Señor: "¡Oh humilde sublimidad! Oh sublime humildad! que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humille de tal manera que para nuestra salvación se esconda bajo un bocado de pan. Considerad, hermanos, la humildad de Dios y 'derramad vuestros corazones ante Él, y humillaos para que seáis exaltados por Él'" (Fuente). Estamos llamados a humillarnos ante el Señor como Él lo ha hecho por cada una de nosotras. La devoción de Francisco Francisco conocía el alcance del amor radical de Dios por la humanidad y por él, personalmente. Por eso él quiso responder con todo su ser. Al final de esta alabanza a la Eucaristía, Francisco reta a sus hermanos con las siguientes palabras: "Por lo tanto, no retengan nada de ustedes para sí mismos para que Él, quién se da enteramente a ustedes, pueda recibirles totalmente". (fuente) Se trata de un consejo dado desde su propia experiencia vivida. Francisco no retuvo nada. Hasta le entregó al Señor su cuerpo que padeció un sufrimiento semejante al de Cristo en la Cruz, recibiendo los sagrados estigmas. Su amor y su atención a los pobres se encontraron con una necesidad continua de retirarse a la soledad para pasar tiempo a solas con su mayor amor y tesoro: Jesus. Era en los momentos de soledad y oración, lejos de las multitudes, cuando Francisco percibía la voz de su Padre que le llamaba a una mayor intimidad. Sentía tal devoción por la Palabra de Dios que pidió a sus hermanos que recogieran con gran reverencia las partes de la Biblia que pudieran encontrar dispersas en el suelo durante sus viajes. Debían conservarlos, "porque muchas cosas son santificadas por la palabra de Dios..." (fuente). Su amor al Señor, a las Sagradas Escrituras y a la Iglesia era una herencia que deseaba transmitir a sus seguidores. Seguir a San Francisco Hoy Sin embargo, ¿qué significa para nosotras, mujeres viviendo en el mundo esforzándonos por servir a Cristo en nuestra vida cotidiana como estudiantes, empleadas, empresarias, madres, artistas, atletas, etc., vivir una vida de pobreza, humildad y devoción como lo hizo Francisco? ¿Cómo podemos a la vez aspirar a ser radicalmente fiel al Evangelio de Cristo como lo fue Francisco y también permanecer como mujeres que viven en el mundo? Quizás la respuesta está en las bienaventuranzas del Evangelio de Mateo, cuando nuestro Señor dice: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". (Mateo 5:3; énfasis añadido) Lo que Francisco vivió físicamente en sus acciones y en su forma de vida era una expresión de su disposición interior. Su corazón estaba ordenado correctamente. Los ojos de su corazón veían más allá de lo terrenal y podía percibir los reinos eternos. Por lo tanto era capaz de amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás de la manera correcta. Así es como tú y yo, hermana, estamos llamadas a amar a Dios; con los ojos fijos en Él como nuestra única cosa, incluso mientras llevamos una vida aparentemente normal. Podemos poner nuestra mirada en el cielo incluso mientras vivimos aquí en la tierra. La aceptación de la pobreza por parte de Francisco fue para que hubiera más espacio en su vida para que Dios llenará el vacío. Quizás podamos empezar por deshacernos de cosas materiales que no necesitemos. Pero no nos detengamos ahí. Vamos a deshacernos también de las cosas que están consumiendo nuestro tiempo y hagamos espacio para que el Señor venga a nuestro encuentro. Esto podría traducirse en menos obsesión por el trabajo, menos tiempo en el Internet, más tiempo en oración, en Misa o en un paseo en soledad y silencio. Como en el caso de Francisco, abrazar la pobreza en nuestra vida cotidiana no significa que no nos sintamos movidos a compasión por el sufrimiento y la pobreza de los demás. Por lo tanto, para vivir una vida como la de Francisco, también debemos tratar de servir a los pobres. No sólo a los pobres materiales, sino también a los que están solos, enfermos o desesperados (véase el Catecismo 2444). ¿Cómo podemos tú y yo pasar más tiempo con Cristo en los pobres que nos rodean este mes, hermana? Tal vez buscando un comedor social, una residencia de ancianos, o simplemente el vecino de abajo que puede necesitar una visita, y llevemos la buena noticia de Cristo también a estos lugares. Que vayamos a los más pequeños de entre nosotros y encontremos allí a Cristo, nuestra posesión más preciada.
El mismo nos irá cambiando desde lo más profundo de nuestro ser. No habrá un rincón de nuestros corazones que no serán tocados y sanados por Su amor infinito, un amor que se ve claramente en el Santísimo Sacramento.
¿Alguna vez has experimentado estar fuera de tu país pero aún así sentirte como en casa? Cuando yo tenía 24 años me fui de misión por un mes a Etiopía, en el este del continente Africano. Mi plan había sido ir por solo un mes, después regresar a los EEUU y seguir buscando trabajo, como apenas había salido del convento (puedes leer más sobre esa experiencia aquí). No debí haberme sorprendido que al final me quedé dos años en ese país. Durante ese tiempo tan especial, sentí una cercanía y amor profundo por la gente de Etiopía. Es una cultura única, como son todas nuestras culturas, pero como Dominicana no me sentí como extranjera en ese país tan lejano. Si no que, poco a poco, me llamaban “Habesha” y me veían como una Etiope más. Te comparto esto porque puedo entender muy bien como un sacerdote de Canadá llega a un punto de tanta sintonía con una gente lejana, de un país extraño, que pide ser enterrado ahí cuando llegue la hora de su muerte. Padre Emiliano Tardif, siendo Canadense, murió también Dominicano. Su Vida Misionera El Padre Emiliano vino de un pueblo de la provincia de Quebec, una zona francófona en el este de Canadá, que se llama San Zacarías. El entró un joven al seminario menor de los Misioneros del Sagrado Corazón. A los 21 años profesó sus primeros votos religiosos con la comunidad. Podríamos decir que Emiliano, desde joven, sabía que quería seguir a Jesus y sólo a Él, todos los días de su vida entregando todo. Un mensaje que nosotras quizás debemos de mantener siempre en nuestros corazones: estamos llamadas a darlo todo por Él, sin importar la vocación ni el lugar. Lo que importa es darlo todo. Después de estudiar un tiempo en los EEUU y regresar a Quebec para sus estudios de teología, Emiliano fue ordenado sacerdote de Jesucristo en 1955. Solo un año después, siendo un sacerdote “bebe” como suelo yo decir, el Padre Emiliano pidió ser enviado de misión a mi patria: la República Dominicana. Empezó su tiempo de misión en un seminario en el norte del país. Después de 17 años en ministerio–enseñando, celebrando Misas, construyendo seminarios, capillas, lugares de desarrollo humano– el Padre Emiliano cayó enfermo con una tuberculosis en los pulmones bien grave. Él regresó a su país y ahí recibió confirmación de que su salud “estaba fea para la foto” (como decimos nosotros los Dominicanos). Los doctores le explicaron que tendría que permanecer en el hospital por lo menos un año. Recibiendo el Carisma de Sanación Aquí, el asunto se pone interesante. El Padre Emiliano no estaba en favor del movimiento carismático ni los supuestos dones que daba el Espíritu Santo. Sin embargo, El Señor tenía otros planes para este sacerdote sentado en su mecedora en esa sala del hospital. Aun antes de que el Padre empezará su tratamiento para su condición, pasaron por su puerta unos laicos que pertenecían a un grupo carismático ahí en Quebec. Ellos le preguntaron al Padre Emiliano si podían rezar por él, ya convencidos de que El Señor lo iba a sanar. Disgustado pero sin querer ofender o escandalizar, el padre asintió y empezaron a pedir la gracia de sanación. Ellos estaban convencidos pero el padre dudaba aunque sí sentía un calor inmenso en sus pulmones. Para sorpresa del padre y todos los médicos, su salud fue restaurada completamente en los siguientes días después de esa oración. No quedaba ninguna señal de tuberculosis en sus pulmones. Después de un mes de estudios para asegurar que verdaderamente no había nada más que curar, lo despidieron del hospital. El Padre Emiliano quedó convencido del poder de Dios que lo había sanado esa tarde en la sala del hospital aunque él había dudado. Tras esta experiencia él decidió pedir permiso a su superior para usar el tiempo que habían predicho para su hospitalización (¡un año!) para estudiar el movimiento carismático. Después de este año de estudio y abriéndose a las obras del Espíritu Santo, el Padre regresó de misión a su amada isla de la República Dominicana. En su nueva parroquia, él organizó un encuentro de oración para contarle a sus parroquianos sobre su testimonio de sanación. Esa misma noche, el Señor empezó a usar al Padre Emiliano–que antes dudaba de todo esto–para sanar a los enfermos. Empezó con dos pero cada semana los números de los que recibían sanación aumentaban. Uno que antes dudaba se encontraba ahora en medio de una escena bíblica donde Jesus mismo pasaba a sanar a los enfermos y levantar a los que estaban en cama, dando luz a los ojos ciegos, liberando a los cautivos (Juan 9, 1-42; Marcos 2, 1-12; Marcos 5, 1-13). Su enseñanza y mensaje para nosotras Las multitudes venían a los retiros, los grupos de oración, y Misas al aire libre porque no se podían contener en los edificios de la iglesia. El Señor estaba derramando en esa isla pequeña un nuevo Pentecostés. Y desde ahí, el padre que antes dudaba y que tenía una fe muy pequeña (así mismo lo describe él), fue enviado a distintos países en cinco continentes para difundir este mensaje del amor de Dios manifestado en obras y signos bíblicos. El Padre Emiliano fue llamado por el Señor a ser testimonio del amor de Cristo, que El aun vive hoy, entre nosotros. El Señor sigue sanando y haciendo sus prodigios. El Padre Emiliano murió a los 71 años en Argentina donde había llegado para predicar un retiro a sacerdotes. Después de iniciar este retiro, padeció de un infarto de corazón. Fue llevado a ser enterrado en el lugar donde él mismo había dicho que quería permanecer, el país que había sido su hogar de trabajo y oración por más de 40 años. En el año 2007, nueve años después de su fallecimiento, la causa de beatificación fue empezada. La vida del Padre está bajo estudio y esperando la confirmación de milagros documentados a través de su intercesión para ser canonizado como Santo de la Iglesia (sería para nosotros, Dominicanos, el primer santo en nuestra tierra). ¿Que tiene que decirnos este Padre Canadense, quien vivió tantos años en una isla del Caribe, a nosotras mujeres viviendo en países quizás muy distintos y estados de vida diferentes al del padre misionero? Pienso que lo que capta el mensaje principal de este Siervo de Dios es el título de uno de sus libros: Jesús está vivo. Cristo no se ha quedado en las páginas de nuestras biblias. El sigue viniendo a nuestro encuentro, al encuentro con la humanidad sufriente y en necesidad. Y ahí, en medio de los prostíbulos y las cárceles, entre los enfermos terminales y los encadenados por adicción, el Señor manifiesta Su gloria, Su amor, y Su bondad. Hermana, ¿y si tu y yo viviéramos como si esto fuera verdad? Así como el Padre Emiliano, lanzándonos con toda confianza a las obras más importantes para nosotras como Cristianas: la oración y la evangelización. ¿Te imaginas cómo cambiaría el mundo en nuestro entorno? Te invito a rezar hoy conmigo esta oración de sanación interior que nos dejó el Padre Emiliano. Si te interesa saber más sobre el Padre Emiliano, puedes ir aquí. Y para pedir que pronto sea beatificado, encuentre aquí la oración oficial. Fuentes: Biografía del Padre Emiliano Tardif (prtc.net) Cómo se Desarrolló el Carisma del Mayor Sanador del siglo XX [por Gracia de Dios] » Foros de la Virgen María (archive.org) [bctt tweet="Siervo de Dios, Emiliano Tardif, ora por nosotras. // #BISblog #BIShermandad #ProclamaMiAlma" via="no"]
Aun me acuerdo como ayer: estaba yo sentada en el patio abierto de un restaurante en la capital de Etiopía, no sola, sino con unos tres chicos bebiendo un té caliente. En ese entorno hablábamos sobre la vida, específicamente, sobre el amor y la sexualidad. Todo empezó dos semanas antes cuando se me había dado la oportunidad de compartir con estudiantes universitarios que formaban parte de un grupo católico de la diócesis de Addis Abeba. Fui invitada a dar una charla sobre algo muy polémico y culturalmente escandaloso: la Teología del Cuerpo. ¿Qué es la teología del cuerpo? En breve, es lo que se puede saber de Dios y, más aún, de nosotros mismos, a través del cuerpo como creación de Dios–hecho con propósito e intención. Y un tema que no se puede quedar sin tocar en el desarrollo de esta enseñanza es el sexo. El Tabú del Sexo Quizás para ti no es nada nuevo y has tenido conversaciones con tus padres desde tu niñez sobre el tema de sexualidad. Pero para mí, como para los estudiantes que se reunieron a escuchar la charla ese día, la sexualidad era algo que casi nunca se hablaba en mi casa. Solo sabía que uno no debe tener sexo antes del matrimonio–nada más. Así como en muchas culturas Hispanas/Latinas, en la cultura Etíope el sexo se ve como algo vulgar– hasta mencionar la palabra “sexo” puede resultar problemático en algunos lugares. Imagínate el reto que se me enfrentaba cuando yo, como mujer soltera en un país que a veces no se fía de la palabra de la mujer, tenía que decir tantas veces esa palabra. Y más aun, hablar sobre el plan de Dios para el sexo, para nuestros cuerpos, para el matrimonio. Después de un día lleno de charlas y discusiones en grupo, oración y pidiendo al Señor que habrá corazones, me quedé asombrada con los testimonios de los jóvenes después del retiro. Se levantaban, no solo uno, sino cinco o seis a la vez, para decir cuanto significaba esta “buena noticia” de la Teología del Cuerpo para ellos. En específico, me acuerdo de uno que se paró y dijo, “¿Cómo es que este regalo tan grande está en la iglesia y nosotros no sabíamos nada?” Ellos estaban sedientos para saber más de lo que Dios decía sobre la sexualidad, como andar en caminos de amor y no de lujuria, y cómo vivir la vocación al amor: el darse si mismo hacia Dios y hacia el prójimo. La Buena Noticia Al ver la luz encenderse en los corazones de estos jóvenes, me acordé de la primera vez que escuché este mensaje que cambió mi vida. Ya estaba en la escuela secundaria en los Estados Unidos, y después de una vida escolar Católica tenía todas las respuestas correctas. Sin embargo, aún no había profundizado en mi corazón el mensaje del evangelio, y el llamado a la castidad aún menos. Pero ese día, sentada en una silla de metal mientras hablaba una chica joven desde la tarima, entendí algo: Dios hizo el sexo y por eso el sexo no es algo malo ni sucio si no que es algo bueno. Ella repetía en inglés, “sex is good”--el sexo es algo bueno. Yo me sentía un poco extraña escuchando estas palabras por que para mi, el sexo era algo malo. Pero aun así, a pesar de mis heridas sexuales y montón de preguntas, mientras ella hablaba estas palabras con certeza, yo sentía en mi corazón un “¡sí, esto es! Es la verdad.” En ese momento firmé con mi nombre una tarjetita que nos habían dado que tenía una promesa de abstenerse de relaciones sexuales hasta el matrimonio. No lo pensé dos veces, puse ahí mi nombre y la fecha y decidí seguir hacia delante con esta nueva vida. No tenía idea de lo que estaba por venir, los chicos que iban a salir de mi vida por esta promesa, lo difícil que sería mantener, no tan solo esa promesa, sino un estilo de vida de castidad–física y emocional. No sabía que iba a ser todo una jornada larga con muchas caídas y momentos difíciles– pero también una aventura llena de perlas y joyas en el camino. El Señor fue tierno conmigo. Me fue corrigiendo y enseñando lentamente. Empecé a ver que la castidad, es decir, viviendo mi sexualidad con integridad según mi estado de vida, era más que una lista de “no”. No puedes ver esto, hacer esto, hablar así, o ir allá, etc. Si no que la castidad es un llamado a vivir en la libertad que Cristo mismo nos ofrece cuando dice, “Si, pues, el Hijo les da la libertad, serán realmente libres." (Juan 8, 36) La Castidad Verdadera Entender el plan de Dios para nuestros cuerpos–que comunican algo de nuestro origen y destino, que son buenos porque son obras de Dios, que unidos a la voluntad de Dios no son obstáculos sino vehículos a la santidad– es saber que fuimos creados por amor y para amar (Catecismo de la Iglesia Católica, 1604). Conocer la profundidad de este amor es saber honrar nuestros cuerpos y mirar a los demás con ojos llenos de asombro no con malos pensamientos y deseos de poseer. Es dejar que el Señor, en Su misericordia, venga a sanar y a transformar cada parte de mi corazón y mente que se rebela contra Él, contra la libertad integral que Él me ofrece, contra el llamado radical a seguirlo a Él aunque sea difícil en este mundo. Vivir la castidad es dejarse convencer por el Señor de que Él mismo es suficiente, que no hay que buscar en senderos ajenos el amor y la afirmación que tanto queremos. Andamos mendigando muchas veces con nuestros cuerpos por un poco de atención, pensando que con tal persona, por fin, encontraré la felicidad y el amor que tanto anhelo. Pero la verdad es que el amor más tierno y puro que se pueda encontrar en este mundo no se compara con el amor de Dios que nos sondea y nos conoce, hasta las entrañas (Salmo 139, 1.13). Hermana, si estás leyendo hoy por primera vez esta realidad de la bondad de tu cuerpo y el plan de Dios para tu sexualidad, te invito a que leas esta obra de Juan Pablo II para empezar. Deja que el Señor transforme cada aspecto de tu vida, sin ocultar tu sexualidad. El buen Dios, todo lo puede sanar y renovar. [bctt tweet="La Teología del Cuerpo // #BISblog #BIShermandad" via="no"]
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No podía creer lo que acababa de escuchar: "Ábrete a la posibilidad de discernirlo todo de nuevo". ¿Cómo podía estar pasando esto? Hice todo correctamente. Dejé mi relación de casi dos años y encontré un director espiritual. Entré en una casa de discernimiento donde vivía en una comunidad intencional centrada en la oración, el servicio y la sanación. Después de dos años de preparación entré, finalmente, a un convento carmelita como postulante. Se suponía que era allí donde debía estar. ¿Cómo es posible que cinco años de discernimiento de mi vocación culminen en este momento lleno de incertidumbre, inquietud, y confusión? ¿Podría yo realmente levantarme y dejar lo que había buscado por tanto tiempo? Una Prueba Vocacional Llevaba casi un año en el convento cuando tuve esta conversación tan necesaria con el que había sido mi director espiritual. Las monjas ya iban a empezar su reunión formal para evaluar si me invitaban a entrar en el noviciado. Y a la vez, esperaban mi "sí", mi fiat. Después de los primeros meses de aprender y desaprender hábitos, de echar de menos intensamente a mi familia y a mis amigos, y de la experiencia del choque cultural (¡es realmente fuerte!), me sentí lo suficientemente tranquila como para empezar a sumergirme en mi nueva vida. Cuanto más me sumergía, más notaba la falta de alegría. Soy una persona alegre por naturaleza, pero sabía que me faltaba algo. Como tenía muchos hermanos religiosos buenos y felices en mi vida, yo sabía que debía tener la sensación de "estar en casa" y de una profunda alegría—incluso en medio de las dificultades. Yo pensaba que llegaría el día en que todas las piezas encajaran y que debería continuar al noviciado. ¿Quizás era sólo una prueba de mi perseverancia y mi fe? Así que estaba decidida a seguir adelante. El Momento de la Verdad Sin embargo, la sabiduría de mi madre superiora nunca faltaba. Ella escuchó lo que le compartí con toda honestidad y, tras un momento de silencio, su respuesta me inquietó. Ella razonó: "Puede ser que esto sea sólo una prueba, pero también puede ser que el Señor esté tratando de decirnos algo". Fue después de ese momento que ella llamó a mi director espiritual y le pidió que se reuniera conmigo. Después de la sorpresa que me lleve con el reto del Padre a "discernirlo todo de nuevo", salí de la sala y fui a mi lugar asignado en la capilla. Ahí me hundí y empecé a llorar pensando en lo que esto podía significar. ¿Cómo podría aceptar salir del monasterio, si, de hecho, el Señor me lo había dejado claro? Tendría que volver a casa y decirles a todos que me había equivocado. Tendría que empezar de nuevo. ¿Cómo podría volver? Las preguntas que me hacía en ese momento eran preguntas basadas en mi orgullo más que en un deseo verdadero de seguir la voluntad del Señor. Sin embargo, me encontraba en un estado de confusión interior. Mi garganta palpitaba mientras trataba de contener más lágrimas. El peso de la decisión y sus implicaciones me agobiaban. El Señor Habla En ese momento de mentiras y agitación, percibí que el Señor, en Su amor y misericordia, me cubría con Su verdad. Me llenó una sensación de la paternidad de Dios: de Su cuidado tierno, que me conocía y me amaba, y de que yo era Su hija. Todas estas cuestiones pasaron a un segundo plano y empecé a comprender que lo que yo creía haber sido el acto más difícil de mi vida—despedirme de mi familia y amigos y pasar el umbral de la clausura carmelita— realmente no lo era. Lo más difícil que tendría que hacer ahora, gracias a mi orgullo inmenso y al miedo de equivocarme, era volver a cruzar ese umbral hacia el mundo que dejé atrás y decir: "Me equivoqué". Confianza en Quien Soy en Él Aunque por un momento tuve la tentación de pensar que tal vez sería mejor quedarme en el convento en vez de "rendirme", sabía que el Señor me invitaba a tener valentía y permanecer en la verdad. Mi decisión de irme o de quedarme no podía basarse en el miedo, sino en Su fidelidad y amor. Tenía que aceptar los deseos de mi corazón y la realidad de la vida religiosa. Sabía que el Señor me invitaba a tomar una decisión libre y a ser honesta sobre el deseo de casarme, sobre el miedo de desagradar que llevaba conmigo desde mi niñez hasta el convento. Él quería llevarme a confiar verdaderamente en Su paternidad. En este momento de ansiedad y miedo, la luz y la claridad me atravesaron. Supe que tenía que responder con fe. Como su hija, estaba aprendiendo que no estaba llamada a vivir y a moverme bajo el reino del miedo: miedo al rechazo o a la desaprobación de los demás o miedo al futuro. En cambio, estaba llamada a vivir desde la fe en el amor permanente y transformador de Aquel que me conoce mejor que yo misma. El Señor tenía mi futuro en Sus manos y también el tuyo. Es un futuro lleno de esperanza. ¿A qué decisión te enfrentas hoy? ¿Hay algo en este momento que el Señor te está pidiendo que hagas o que dejes atrás y sin embargo te sientes atascada o temerosa? Compartiré contigo las tiernas palabras que el Padre habló sobre mí y ruego que puedas quedarte bajo el poder de estas palabras y recibirlas en lo más profundo de tu alma: "Tú eres mi hija..." Que esta declaración sobre ti te cubra totalmente. El Padre cuida de ti. Puedes confiarle a Él esa decisión que te agobia o el miedo que detiene a tu corazón. Si lo difícil que estás evitando o temiendo tiene que ver con tu vocación, te recomiendo encarecidamente que pases algún tiempo con un buen libro de discernimiento espiritual. No importa cuál sea el paso difícil que tienes que tomar en este momento. No importa lo incierto que pueda parecer lo que falta del camino. Da el salto, hermana. Mueve ese pie tuyo, aunque sea un poco, hacia adelante. Él caminará contigo. ¿Qué estás discerniendo con el Señor en este momento? ¿Cómo puedes tomar tu decisión, no basada en el miedo, si no en el amor y en la confianza como hija de Dios? [bctt tweet="Mueve ese pie tuyo, aunque sea un poco, hacia adelante. Él caminará contigo. ~Rocio Hermes #BISblog #BISespañol //" via="no"]
